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PAZ DE BORBON LA INFANTA ENCONQUENSADA

El torero, Luis Miguel Dominguín, en Villa Paz

Para nadie es un secreto que la Infanta Paz fue la protagonista, con real ejecutoria, de los grandes días, de los felices tiempos de Saelices.
Y le llega el turno, en estas páginas, de ofrecer algunos datos de su biografía, ya que además de su bonhomía personal, se identifica con un concepto de la monarquía cuya mejor noca es el contacto directo con el pueblo, en este caso con sus guardeses, sus mozos de labor y sus queridos capataces. En ello le iba, sin duda, su condición de "hada buena", la creciente personalidad de su corazón y la comprensiva actitud de su completa disponibilidad para todos.
 Nació en Madrid el 23 de junio de 1862 y murió en el Castillo de Nymphenburg, cerca de Munich, a los ochenta y cuatro años de edad, el 6 de diciembre de 1946, tras una larga vida con revoluciones, destronamientos, exilios e infinidad de cambios políticos y trasiego de tronos y repúblicas. Hija de Isabel II, hermana de Alfonso XII, tía de Alfonso XIII y tía-bisabuela del Rey Juan Carlos, su pequeña historia y su expresiva "vividura" dentro del discurrir de su trágico tiempo, la efigian como una mujer de gran fortaleza sin que su aparente fragilidad y la bondad de su carácter le hicieran resentirse. El juicio de sus contemporáneos le fue muy positivo y los historiadores han dejado claro que se ganó, tanto en España como en Baviera, las simpatías de todo el mundo. Por un prurito de asepsia no queremos dejar de abordar un asunto aparentemente vidrioso, aunque a estas alturas del siglo XXI no es ninguna sorpresa. Con pulcritud histórica y comprensión humana nos atrevemos a recoger el estado de la cuestión respecto a la paternidad de la Infanta Paz, así como de sus hermanas Pilar y Eulalia, atribuida según los historiadores más recientes —desde Martínez González a Ricardo de la Cierva- al hijo de Almonaster la Real, el secretario onubense Miguel Tenorio de Castilla. Alguna relación tendría que ver, cuando tras su paso por el Palacio Real en el reinado de Isabel II como secretario particular de la reina, en abril de 1859 hasta 1866 fue enviado como Ministro Plenipotenciario a Berlín con simultánea acreditación en Munich ante el Rey de Baviera. Doña Paz de Borbón siempre reconoció el parentesco con la valentía que le caracterizaba. Vivió veintiséis años nada menos en el Palacio de Nymphenburg en la suite 122 del ala sur, por concesión de la Infanta.
Durante los años 1879 y 1880 el Príncipe Luis Fernando de Baviera había demostrado una gran inclinación por su prima Paz, pero la Infanta española se encontraba muy remisa a acceder al deseo de la Familia Real que deseaba el enlace. Invitado por Alfonso XII el 13 de octubre de 1880, Luis Fernando confiesa al Rey que está enamorado de su hermana. La Infanta aun cuando Je ve con buenos ojos, se muestra fría y reservada, y sólo unos años más tarde, convencida por su madre Isabel II, aceptará el compromiso. A finales de enero de 1883 el Príncipe bávaro se presenta en Madrid para la petición oficial de mano. Dos meses después se celebra la boda de Luis Fernando y Paz y el nuevo matrimonio se instala inmediatamente en el Castillo de Nymphenburg. El nacimiento del primer hijo —nacido en el Palacio Real de Madrid en 1884 y al que pusieron el nombre de Fernando María- sirvió, como en el caso del siguiente nacimiento de Adalberto que vio la luz en 1886, para cumplir sus deseos de visitar España. Más que una estratagema era una "feliz" disculpa para reencontrarse con su patria. Y, andando el tiempo, -no es difícil adivinarlo- para encontrar su más íntima paz, en el retiro de una finca escondida entre las lomas, en un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no podía olvidarse: Luján.
Las impresiones y crónicas de "De mi vida", en sus distintas ediciones de doña Paz y sus artículos publicados en el diario ABC, respiran y recogen por la pluma de la Infanta algo de ese huelgo y de esa armonía de contrarios, susceptible de lograr el milagro entre dos dinastías de las más influyentes en Europa. Leyendo las crónicas de la Infanta. Paz y cerrando los ojos, aun es fácil columbrarlos en las tierras de Lujan, en el compás de Saelices. Vivió -y esa es nuestra gran baza biográfica- en Luján, en su casa-palacio de "Villa Paz" en los dos períodos que partieron a Europa en dos, por la tragedia de la primera Guerra Mundial que podemos conocer por la lectura de sus crónicas y de sus memorias tituladas "Cuatro revoluciones e intermedios".
Precisamente, Adalberto que recogió en este libro los recuerdos de su madre, nos ofrecía, de primera mano, una descripción con detalles nuevos sobre Lujan: "Mi madre —decía en diciembre de 1912- había recibido de la herencia de su abuela, la Reina Cristina, la mitad de su posesión en la Mancha para que viviese allí como si fuera su propiedad. La otra mitad la había heredado el segundo hijo de la Infanta Eulalia de su abuela Montpensier. La mitad de Luis se llama Castillejo y la otra Luján. Se hallan separadas por un pequeño río y se encuentran en la villa de Tarancón, de donde procedía el segundo marido de mi bisabuela, el Duque de Riánsares. De los herederos de la reina Isabel sólo mi madre se interesaba por Luján; a los demás les molestaba aquella posesión salvaje. Se alegraron de que mi madre mostrara interés por ello. Toda la posesión estaba desatendida. En Castillejo, aparte de un castillo sin terminar y otra vez bastante derruido, había al menos una granja; pero en Luján no había nada más que campos pedregosos. Hasta pasada la guerra no se pudo poner remedio; sin embargo, mi madre acariciaba sin cesar el pensamiento de vivir en España”.
Durante muchos años, durante medio siglo largo, la Infanta Paz ha sido prácticamente ignorada en nuestra ciudad, aunque no así en la bibliografía real española. Tenía una plaza en Cuenca –actual Plaza de la Hispanidad; hoy tiene una calle en la urbanización Cerro de la Horca- y durante muchos años fue una abanderada de nuestra ciudad hasta el extremo que al heredar un legado de su abuela María Cristina, en los aledaños de Riánsares, vivió como una vecina de Saelices por grandes temporadas en la finca "Villa Paz. Y era, sobre todo, una Infanta de España que, por razones de amor, se convirtió sin rúbricas ni decretos en la Infanta de Cuenca. Decimos "de" Cuenca, porque desde su "coto acasarado" de Luján era una espontánea embajadora de los intereses de Cuenca y de sus gentes.
En marzo de 1913, Adalberto acompaña a su madre, la Infanta Paz a Luján, sin su hermano Fernando. "Era la primera vez —señala- para mí. Se halla situada en la Mancha monótona, al suroeste de Madrid, en el lugar que Cervantes eligió para las aventuras de Don Quijote. La tierra pardusca y rojiza, arcillosa, sobre una pequeña colina y en una vasta llanura y muyo pocos árboles, en su mayor parre antiquísimas encinas. Poco había que ver. Las gentes del lugar organizaron, a su modo, una fiestecilla en honor de mi madre. Se tendieron en derredor de una hoguera en el patio y cantaron estrofas improvisadas. Los aldeanos cantan allí, acompañando a sus tareas campestres, canciones en su mayor parte melancólicas, monorrítmicas, aprendidas de sus antepasados. No saben leer ni escribir y, sin embargo, poetizan e improvisan el texto mientras cantan. Era más hermoso que muchos conciertos sometidos a reglas rígidas del arte. Sencillos y sin falsificación, unidos únicamente a la naturaleza y a la tierra, serios y monótonos como el paisaje”.
Tribulaciones sobre una herencia en estado terminal
El testamento –y por lo tanto- su herencia originarán una enconada polémica y el litigio durante más de veinte años entre los herederos de la familia real y la morganática. Una Junta de ilustres personalidades del Foro, entre los que figuraban nada más y nada menos que Salmerón, Maura y Gamazo, lograrán hacer efectiva la testamentaría. La mala gestión y los pleitos de los últimos años de su vida dejarán el capital muy mermado. Unos diez millones de pesetas a la hora de repartir entre hijos y nietos de ambas familias.
Por lo que respecta a las tierras radicadas en Cuenca, especialmente la gran finca de más de dos mil hectáreas enclavada cerca de Tarancón donde había nacido don Fernando Muñoz y que la Reina Gobernadora había comprado tras su desposorio, se dividiría tras su muerte en dos: una de ellas llamada Luján y otra conocida como Castillejo. En nuestra visita de reconocimiento a ambos lugares; únicamente la primavera con los brotes de hojas y hierbas en el verdeante paisaje del contorno, nos releva de aludir a las soledades y campos mustios del poeta. Lujan subsiste en instalaciones más o menos deterioradas aun cuando se conserva con buen aspecto la mansión de Villa Paz -todavía  este nombre campea al flanco de la puerta de entrada- en tanto que Castillejo levanta sus desmochados murallones en una estampa evocadora de sus ruinas, bellas ruinas al fin y al cabo.
Hemos consultado el expediente sobre la finca, sobre las tribulaciones de su conservación y los pleitos y demandas de los acreedores en tiempos de la Infanta, en el que consta una muy ilustradora descripción, realizada hace unos años y en la que es posible encontrar detalles muy valiosos de su emplazamiento y de las características de su construcción, además de ciertos datos que permiten establecer la secuencia de los propietarios y del curso de la administración a lo largo del tiempo. El hecho de que fuese doña Paz y su familia quien más permanentemente vivió en el compás de Lujan y, sobre todo, quien actuó como testigo del lógico trasiego de personalidades, durante treinta y cuarenta años, no agota ni mucho menos la efectiva presencia de consanguíneos y allegados, de estirpe monárquica.
Dos guerras mundiales, con el triunfo de la Revolución Rusa en 1917 y la caída de los Imperios centrales son acontecimientos realmente traumáticos que distraen la atención necesaria para administrar una explotación agrícola, poco menos que perdida en una provincia olvidada. Sobre todo, cuando se trata de dinastías como los Wittelsbach o los Borbones, inmersos en una azarosa situación.  Sin embargo la Infanta Paz confesará el bucólico emplazamiento de Luján, con Villa Paz como auténtico paraíso, en el que, en sus prolongadas estancias, y en sus viajes de ida y vuelta, además de encontrarse con su patria adorada, mitigaba las procelas de su alma. En todo momento, tanto los príncipes de Baviera como los infantes de Orleans encontraron aquí un auténtico "remanso de paz", adonde no llegaban los ecos de los cañones de la Gran Guerra o las turbulencias de la Revolución Rusa.
La guerra civil con su diáspora fue descapitalizando la regia heredad y aun cuando la familia de la Infanta y la propia Infanta mantuvieron su posesión durante varios años, Villa Paz entró en un proceso judicial por impagos a los acreedores. Todavía en 1943, tres años antes del fallecimiento de doña Paz, el administrador de la finca-palacio, don José Duran, invitó a pasar una jornada de descanso al nuevo Obispo, don Inocencio Rodríguez Diez durante el viaje de su toma de posesión de la silla de  San Julián en la Catedral de Cuenca.  
El torero, Luis Miguel Dominguín, en Villa Paz
Algunos años después, la finca terminó siendo subastada ante el Juzgado de Primera Instancia de Tarancón el 6 de octubre de 1951, por un valor de tasación de un millón trescientas mil pesetas. Y sería el famoso torero Luis Miguel Dominguín —es decir, Luis Miguel González Lucas- el mejor postor de licitación y del remate, en dos millones setecientas diez mil pesetas. La adquisición quedó formalizada el 28 de noviembre de 1951. Hay que precisar que Luis Miguel Dominguín estaba en lo más alto de su fama, rival de los Manolete, de los Arruza y, más tarde hasta de su cuñado Antonio Ordóñez. Durante treinta y nueve años "Villa Paz" será el escenario de referencia entre los personajes de la tropa cinematográfica —la "high-society" europea y americana-. En febrero de 1970, ya separado el matrimonio entre el torero y la artista italiana Lucía Bosé, la gran finca será vendida por el maestro de la tauromaquia a las hermanas Alvarez Díez, que son quienes la regentan en la actualidad. El famosísimo matador había hecho de ella, además de un lugar para el "reposo del guerrero", un punto ardiente en la geografía itinerante de los famosos, de los grandes mitos de Hollywood y de los más célebres escritores y artistas desde Hemingway a Dalí, que hollaron el suelo conquense. Estuvo en Villa Paz la más grande chismosa internacional como fue Elsa Maxwel, la cotilla por excelencia, auténtica pionera de lo que podríamos llamar el mundo del corazón, aunque sin las degradaciones de los  televisivos programas de hoy.
Hacia los años sesenta —España era un "plató" recién descubierto por los productores de cine- pasaron por Villa Paz el álbum casi completo de celebridades que visitaban nuestro país, como Rainiero de Mónaco, Humberto de Saboya, Yul Brynner, Claudia Cardinale, Virna Lisi, Truman Capote, Audrey Hepburn y su marido Mel Ferrer. Tampoco faltaron para completar la crónica, Gary Cooper, Ava Gadner y el dictador Trujillo. Ava en busca del lío con el "toreador" y el mandatario de la República Dominicana para torear una becerra al alimón con Sofía Loren. Dalí estuvo con Gala, impresionando al respetable con su Cadillac de placeado radiador. Hemingway por su lado no se iba a quedar atrás y, por si algo faltara a la fiesta -no sólo París lo era en su obra narrativa- montó aquella interesada rivalidad Dominguín-Ordóñez a la que dio cobertura literaria en "El verano sangriento". Rafael Abella nos informa de modo muy puntual en su brillante biografía escrita en 1995 de la vida y milagros —escándalos intuidos incluso- de la larga estancia de Luis y su familia en el citado compás de Saelices.
El 19 de octubre de 1955 Luis Miguel y Lucía Bosé se casaron por la iglesia en "Villa Paz", actuando de ministro del matrimonio el párroco del citado pueblo, don Julio, en presencia de los padres y hermanos de los novios, y los cuñados ente ellos Antonio Ordóñez, y el doctor Tamames. Meses antes lo habían hecho en Las Vegas el 1 de marzo de ese mismo año. Llegaron acompañados por los pilotos y los testigos imprescindibles que eran Carlos Blanco y Hugo Fregonese, guionista y director respectivamente de una película que Luis Miguel Dominguín iba a rodar en Hollywood. La licencia matrimonial —es obvio que Abella ha trabajado a fondo- le costó al torero cinco dólares v la ceremonia, sin protocolo alguno, se celebró en la residencia del Juez de Paz, Charles Peterson, en el lago Nead. Como ni Luis Miguel ni Lucía hablaban inglés hizo de intérprete el “maitre” del Hotel “La Posada del Desierto”, celebrando su luna de miel en uno de los Casinos de las Vegas, bebiendo champán y jugando a las máquinas tragaperras. El hecho de casarse civilmente fuera de España no tenía otra causa que evitar el espectáculo.
Al regresar a Madrid, una vez nacido su hijo Miguel Bosé en el hospital de San Fernando de Panamá, y tras la "formidable" —palabra muy de moda entonces- recepción en Barajas, se instalaron en Villa Paz. El niño Bosé fue bautizado el 12 de julio de 1956, cuando contaba algo más de tres meses de edad, con Luchino Visconti y Margherita Varzi de padrinos. Asistió Sofía Loren que rodaba en España "Orgullo y Pasión" y se solemnizó por todo lo alto, con gran tentadero y cante flamenco. En el mes de  septiembre comprarían en Andújar la finca llamada finca “La Virgen”, otra de las adquisiciones más felices de Luis Miguel que disfrutaría más tarde con sus posteriores mujeres. El embarazo de su hija Lucía, obligó a la Bosé a instalarse en Madrid pues, en el mes de julio cuando reaparece Luis Miguel en los toros, la gravidez le hace sentirse incómoda en Villa Paz y se hospeda en el hotel Castellana Hilton. La niña nació el 19 de agosto de ese año en la clínica Rúber.  
La muerte de su padre, don Domingo, ocurrida dos años más tarde, en agosto de 1958, sumió al gran torero en una crisis afectiva que le llevó a beber de manera descontrolada y a escaparse de casa. Villa Paz seguía siendo el domicilio de base, pese a compartirlo con otros lugares. En mayo de 1964, Luis Miguel acompañaría a Lucía Bosé, invitados al Festival de Moscú. A la vuelta de Rusia -acaso fue el canto del cisne?- el famoso matrimonio recibió en Villa Paz a una importante delegación de poetas rusos, entre los que no es difícil dar en la lista con el nombre de Eugene Evtchenko, espectacularmente recibido en España. La separación real de Luis Miguel y Lucía llegaría enseguida y tuvo mucho que ver con el incendio producido en Villa Paz. Lucía se presentó en la finca la noche de fin de año de 1967, sorprendiendo al torero con alguna compañía comprometedora, para comunicarle su meditada decisión. Ya vivía la familia Dominguín-Bosé desde 1960 en Somosaguas. Miguel empezaba sus clases en el Liceo Francés, en decisión intermedia entre la opinión materna de hacerlo en el Liceo Italiano y la paterna de hacerlo en un colegio español. En noviembre nacería Paola y con ella se trasladaron para su bautizo a Niza protagonizando la hermosa relación con Picasso que tanto juego dio en la vida de los Dominguín-Bosé.
Hoy Villa Paz añade a la evocación de sus moradores anteriores –la Infanta Paz, los Príncipes Luis Fernando de Orleans y Fernando de Baviera- un nostálgico recuerdo de la estancia, a bombo y platillo, tal y como corresponde a un “toreador” tan publicitado, de Luis Miguel y Lucía. Parece que el hijo de ambos, el cantante Miguel Bosé, tuvo la idea de retomar de nuevo la posesión de Villa Paz, proyecto que no cuajó. En cualquier caso, ese deseo explica el atrayente y cautivador tirón de un trozo del territorio conquense.
 
Del libro “Paz de Borbón, Infanta de Villa Paz. Impresiones y Emociones de una vida en el compás de Cuenca”. Autora: Mariví Cavero.
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